28 enero, 2008

Adorarte

“... se inclinaron y adoraron...” 2° Crónicas 29:30

Quiero adorarte, Jesús, quiero entrar al lugar santísimo para encontrarte cara a cara. Y, una vez allí, la única actitud posible es postrarme. ¿Cómo puedo permanecer de pie delante de mi Rey?

Allí sólo puedo llegar a través del amor. Vos me amaste primero, me amaste hasta la muerte. ¿Qué otra respuesta puede haber sino amarte y adorarte? Adorarte es dejar fluir ese amor. No podría adorarte si no te amara. Si solamente te conociera te alabaría por la grandeza de tus hechos y la multitud de tus maravillas. Pero además de conocerte, te amo... ¿Tal vez debería decir que te amo porque te conozco? ¿Es posible conocerte y no amarte desesperadamente?

Lo único que sé es que la adoración, la adoración íntima y profunda, única e irrepetible, es necesariamente fruto del amor. Adoración en lo secreto, tiempo de amores. Inclinada delante de tu trono, es permitir que me abraces, que me rodees. Aquí ya no hacen falta las palabras, el corazón y la vida entera se hallan expuestos ante tu luz. Nada puedo esconder, ni disimular. Aquí no existe el tiempo, aquí no importa nada más que vos y yo. Adoración es anhelo de encontrarte en la intimidad y en el silencio. Es detenerme este instante en medio de la eternidad para responder a tu propio anhelo.

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