07 abril, 2009

Al pie de la cruz

Es tiempo de Pascua.

Un drama de repercusiones eternas se está desarrollando en una colina, cerca de Jerusalén.

No es un accidente, y es mucho más que una injusticia.


En el lugar se ha reunido una gran multitud, como si hubiesen sido convocados a ver un espectáculo...

Algunos gritan, otros insultan descargando su ira, su odio y su profunda frustración.

Un poco más lejos otro grupo guarda silencio. Los más cercanos, los que lo aman, aquellos que le sirvieron y creyeron en él están allí, acompañándolo hasta el fin.

Y está también María, su madre. Tiene el alma traspasada por un dolor imposible de imaginar.

Algunos lloran, miran asombrados lo que parece ser el fin de sus esperanzas. No entienden. Mil preguntas sin respuestas surgen en ese momento, y la más difícil de responder: ¿por qué?

Pero no María. Aún en medio del sufrimiento emocional que debe soportar, ella no pregunta “por qué”. Nunca lo hizo.

No preguntó “por qué” cuando el ángel vino para anunciarle que había sido escogida para llevar en su seno al Hijo de Dios.

Tampoco lo hizo cuando los pastores adoraron en el pesebre, ni frente a la persecución de Herodes, ni aún cuando en el templo profetizaron su propio sufrimiento...

No preguntó “por qué”· entonces y frente a esta situación tampoco. Tal vez porque en una mujer de fe esa pregunta no tiene lugar. Quizás porque sabe que las respuestas a nuestros “por qué” sólo sirven para establecer una relación de causa y efecto. En cambio, las respuestas a nuestros “para qué” apuntan mucho más allá: marcan un propósito.

Y María sabe que existe uno. Siempre lo supo. Comenzó a vislumbrarlo desde aquel día en que, con humildad, aceptó que la voluntad de Dios fuera establecida en su vida. Aún cuando estaba en peligro su propia reputación. Obediente, a pesar de no lograr entenderlo todo desde el principio.

Pero el cuadro se fue armando poco a poco, a través de los años y las circunstancias que tuvo que enfrentar, con todas aquellas cosas que fue guardando en su corazón...

Y ahora está aquí, de pie ante la cruz que sostiene a su hijo. Ahora entiende. Las últimas piezas del rompecabezas están cayendo en el lugar preciso. El cuadro está a punto de ser completado. El sabio plan de Dios está llegando a su consumación, la redención de la humanidad es un hecho, el precio de nuestra paz y libertad está siendo pagado...

Y en pocos días más, junto con los primeros rayos de sol del domingo, María sabrá, lo sabrán los discípulos y luego también el mundo entero, que la muerte fue vencida en aquella cruz por Aquel que vive y reina para siempre.


Imagen: La piedad de Miguel Angel.

4 comentarios:

  1. Me gusta el estilo de la narraciòn y el tiempo, y sobre todo la frase "No es un accidente, y es mucho más que una injusticia". Un abrazo.

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  2. Gracias Gusmar por tu visita. Me alegro que te haya gustado. Un abrazo y que pases felices Pascuas.

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  3. Mi amada Patricia, siempre he pensado en María como madre cuando de este tema se trata y trato de imaginar cuán grande fue su dolor, pero nunca tan grande como el de nuestro amado salvador sufrido por nosotros.
    Te sigo leyendo y te mando muchos besitos.

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  4. Querida Isa, es verdad; el sacrificio y el dolor que Jesús aceptó sufrir por nosotros es inigualable. Te deseo que pases unas muy felices pascuas. Un abrazo desde la distancia y besos!!!

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