20 junio, 2009

Sólo un reflejo



"Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida". Juan 8:12

Creo que una de las más fascinantes y maravillosas muestras de la magnificencia de la Creación es el cielo estrellado en una noche clara.

Miles de millones de astros titilando en el firmamento y la quietud de la noche me llevan a pensar en la grandeza de
Aquel que por el poder de su Palabra creó todas esas cosas.

Y me siento empequeñecida ante el infinito, tomo conciencia por un momento de que no somos más que una insignificante partícula perdida en la inmensidad del espacio.


Sin embargo, en este rincón perdido del universo, por amor a las tristes y descarriadas criaturas que lo habitan, Dios llevó a cabo la más completa y perfecta obra de redención enviando a Jesús a nacer aquí, en los suburbios de la galaxia.

Toda esta perfección creada y sustentada por la palabra de su poder encierra vastos misterios para nuestra mente limitada y finita. Por más que la ciencia se empeñe en encontrar las respuestas, siempre quedará algo oculto que no podremos desentrañar.

Suspendidos en la negrura del espacio, los planetas giran en su órbitas alrededor del Sol, algunos muy cerca, abrazados por su calor, otros muy lejos, convertidos en parajes helados y sin vida.

Mercurio, por ejemplo, es el planeta que gira más cerca del Sol. Es casi imposible observarlo ya que prácticamente está inmerso en la corona solar. Si apuntáramos un telescopio hacia él, el resplandor del Sol nos cegaría.


Todos los planetas están sujetos irremediablemente a leyes que no pueden quebrantar, la órbita en la que se encuentran no puede ser cambiada; por períodos se acercan un poco más al Sol, luego se alejan, pero en una elipse constante e inmutable.

Del mismo modo, mientras estamos separados de Dios, la ley del pecado nos impide reconocer nuestra fuente de luz y vida que es Cristo. No podemos quebrantar esa ley por nuestra fuerza de voluntad. Solo la ley del Espíritu puede librarnos.

Una vez libres de la ley del pecado, ya trasladados a su Reino, no somos más esclavos sino libres para decidir si queremos vivir más cerca de la llama. O lejos de su calor, fríos y muertos. Es nuestra decisión.

Ninguno de los planetas brilla con luz propia sino que refleja la que recibe del astro rey. El Señor, nuestro Rey, está allí siempre, ansiando que tengamos comunión con El, que nos acerquemos y no que nos quedemos lejos, viviendo una vida vacía, fría, sin poder.

Quiere que “giremos” tan cerca de El que nos confundamos con su gloria, de modo que ya no nos vean a nosotros sino a El, y reflejándole seamos luz en el mundo.


Deberíamos desear ser como la luna llena, sólo un montón de rocas flotando en el espacio que en sí misma no tiene ningún esplendor ni belleza, pero que es capaz de reflejar la suficiente luz como para mostrar el camino, aún en la noche más oscura.



06 junio, 2009

Ve y diles

…vete a tu casa, con tus parientes, y cuéntales todo lo que el Señor te ha hecho y cómo ha tenido compasión de ti. Marcos 5:18


¿Cuántas veces me he callado esperando a tener la respuesta justa, el argumento correcto, la palabra perfecta? Lo único que me pedís es que vaya y cuente lo que has hecho por mí. No se necesita una elaborada declamación, ni un discurso magistral, ni una declaración teológicamente probada. Simplemente ir y decir lo que hiciste, lo que me hiciste. Que hable de la realidad de lo que viví, de lo que experimento cada día, de la esperanza que das para el futuro. Eso, nada más, es suficiente en este mundo donde no abunda la esperanza, donde ya no hay refugio posible, donde hay temor, desazón, dolor, miseria. El solo hecho de tener la fuerza para enfrentar todo eso ya es un testimonio de tu poder. Sólo es preciso hacerlo notar, mostrar que tu vida en mí realmente marca la diferencia. No puedo hablar teoría, no puedo dar testimonio de lo que no viví; pero sí puedo contar aquellas cosas que son una realidad en mí, que transformaron mi vida de tal forma que ya no me reconozco si miro para atrás. Hablar de la realidad de tu paz, una paz inexplicable que permanece aún en medio de la peor tormenta. Hablar de la esperanza. Hablar del regalo de la salvación que no se compara a nada que el mundo pudiera ofrecer. Hablar de vos, sólo de vos. Es tan simple. ¿Por qué lo hago tan complicado? ¡Es tan simple que hasta un niño lo puede entender!



23 mayo, 2009

El precio del rencor

El pobre hombre se había convertido, casi sin pensarlo, en un carcelero. No es que fuera esa su verdadera vocación ni aquello a lo que aspiraba llegar, sino que las circunstancias lo habían empujado a esto.

A lo largo de su vida fue reuniendo una gran colección de objetos oscuros, hasta que fueron tantos que necesitó ubicarlos en algún lugar. Entonces, uno por uno, los fue llevando a través de un largo y estrecho túnel para encerrarlos en la celda.

Y allí está él ahora, sentado del lado de afuera de la reja, observando, vigilando. En la celda se apiñan los objetos de su rencor, de su enfado y de su aflicción. Allí están todos, algunos ya viejos, otros más recientes. Todos aquellos que ofendieron, abandonaron, prejuzgaron, hirieron, ignoraron, engañaron, golpearon... Encerrados, presos de su resentimiento.

Él los observa, uno por uno, y al hacerlo es como si todo reviviera, puede sentir de nuevo el dolor, la humillación, la tristeza. Pero sigue allí, mascullando su ira sin darse cuenta que él mismo está tan preso como ellos.

Tal vez pensó que al hacerlos sus prisioneros se sentiría mejor, quizás podría sentirse vengado, tal vez creería que se hizo justicia. Pero el dulce sabor de la venganza que soñó es, en realidad, un gusto amargo que no puede quitar. No hay satisfacción, no hay alivio para el dolor y no sabe cómo librarse.

No puede dejarlos ir, no sería justo. Hace tanto tiempo que los tiene allí… Los conoce bien. Sabe sus nombres. Recuerda cada fecha, cada circunstancia y cada día vuelve a transitar por el túnel para aferrarse a la reja y vigilarlos.

No gana nada con esto, él lo sabe muy bien. Al contrario, su oficio de guardián le insume tanto tiempo y tantas energías que no le quedan ganas de hacer nada más. Nada de planes, nada de proyectos de vida, nada de futuro... Sólo volver y volver sobre las heridas del pasado, una y otra vez, sentir un renovado dolor y sangrar.

Se le nota en la mirada. Está enfermo. Se puede ver en cada gesto, en cada arruga que se inclina como un surco profundo hacia el mentón. ¡Qué ironía! Si hasta sus prisioneros parecen gozar de mejor salud. Después de todo cada día los visita y los atiende.

En cambio él se ha quedado solo desde que los más cercanos se alejaron a consecuencia de la amargura que sale de su boca. Ha persistido en el rencor y está pagando un alto precio por eso: soledad y su propio encarcelamiento... Y aún cuando añora salir de esta situación, no puede, no sabe... ¿o no quiere?

A veces, cuando el cansancio lo agobia, rebusca en su bolsillo y saca la llave. Es una pequeña llave con una inscripción grabada en su costado: “Perdón”. La mira y la hace girar en su mano, como jugando, observando, pensando...

Poco a poco, como un eco lejano que viene desde los rincones más escondidos de su memoria, llegan unas palabras que alguna vez recitó cuando era niño. Ya casi las había olvidado: “...y perdona nuestras ofensas...como nosotros también hemos perdonado...”

Perdón... Perdona... Perdonar...

Las palabras parecen rebotar en las estrechas paredes del túnel y aparecen nuevos ecos cambiantes: "¡Sé libre...! ¡Déjalos en libertad...!"

Libres... Libéralos... Libérate...

Pero, ¿cómo podría? Sus sentimientos le gritan en contra: “¡No, no, no! ¿No recuerdas...? ¡Recuerda! ¡Recuerda lo que te hicieron!”

Pero aquella voz insiste: “Usa la llave, usa el perdón y entonces serás libre... ¡Decide! No importa lo que sientas, porque el acto de perdonar no es un sentimiento, sino una decisión. ¡Tómala ahora! ¿Qué vas a esperar? Esos viejos rencores te están matando... ¡Decide!”

El chirrido de la reja al abrirse casi lo sorprendió. ¡Lo había hecho! Después de años y años de remover el puñal en la herida, había usado la llave.

Extiende la mano hacia el interior de la celda haciendo un gesto que los anima a salir, a marcharse de allí, y uno a uno los observa partir. De a uno, de a dos, hasta que no queda ninguno, y a medida que se alejan siente como pequeñas y grandes heridas empiezan a sanar. De a poco, lentamente, van cicatrizando hasta que se da cuenta que los recuerdos ya no duelen. Está sano y es libre por fin.

Mira la celda vacía y luego gira para enfrentar el túnel que transitará por última vez. Mira la llave que tiene en su mano, la guarda en el bolsillo con una sonrisa y sale, liviano, reconfortado. Ha descubierto en esa pequeña llave, en esa breve palabra, un inmenso poder que no piensa dejar de lado nunca más.