
Más o menos por esa época el más pequeño de la casa se enfermó. Una de esas dolencias comunes de la infancia, pero el diagnóstico era contundente. Cama. ¡Dios mío! La reciente tristeza se convirtió, en un instante, en pánico. ¿Cómo se entretiene a un inquieto de nueve años? ¿Cómo llenar horas y horas de aburrido y forzado reposo sin la posibilidad de ver los “dibus”? Debimos recurrir a todo un arsenal de propuestas alternativas.
Entonces recurrí a otra estrategia, por cierto difícil en esta era de lo visual copada por los multimedia. Recurrí a mi vieja biblioteca. Sí, esa de la colección de nuestra infancia, la de las tapas duras, amarillas. Los pobres libros, viejos y olvidados, ya tienen las hojas tan amarillas como las tapas, si es que aún conservan alguna. Pero, así y todo, ejercieron un influjo especial.
Al principio hubo un poco de resistencia. Leelos -le dije- y vas a ver que cuando te metas en la historia, lo que puedas imaginar superará lo que cualquier vídeo te pueda mostrar.
Poco a poco fueron prendiendo como un reguero de pólvora. Empezó a funcionar el “boca a boca” y ya los más grandes también se entusiasmaron hasta el punto de pelearse por quien leía primero tal o cual historia.
En definitiva, el saldo es bueno. Hoy tenemos otro ejemplar cuadrado de pantalla brillante, pero creo que la experiencia de vivir sin el tele nos ha dejado algunas enseñanzas importantes. Porque en este tiempo aprendimos a conocernos mejor como familia. ¡Si casi había llegado a creer que mis hijos eran unos frisos egipcios, siempre de perfil!
(Escrito en Julio de 1998)

