05 noviembre, 2007

Creer

“Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis”
Mateo 21:23


Creyendo. Creyéndote a vos.
Creyendo no sólo que lo podés hacer, sino que querés hacerlo; que está dentro de tus propósitos, que es tu voluntad que así sea, que así suceda.
Yo también quiero. Quiero que pase tal como vos lo planeaste.
Y me doy cuenta que sólo por tu poder es posible, sólo por tu Espíritu es posible sepultar mi pobre humanidad llena de inseguridades, de miedo, de fluctuaciones y de cobardías, para levantarme y resplandecer.
Sólo por tu poder perfeccionándose en mi debilidad.
Sólo por tu voz diciéndome que me esfuerce y sea valiente; que salga, que pelee y que deje de sentirme tan débil, tan condicionada por las circunstancias, tan frágil, tan necesitada de una fe renovada, tan sola frente a la oposición, los montes y las fortalezas. Y que de una vez por todas alce mis ojos alrededor y mire que son más los que están conmigo que los que están contra mí. Y creerte. Creerte a vos.

Fe

“Y se acordó Dios de Noé...” Génesis 8:1

En estos momentos en que parece que ya el agua me llega al cuello, que no hay salida ni solución; puedo descansar en el hecho de que vos te acordás de mí. Eso me habla de tu fidelidad, de tu presencia siempre cercana, de tu preocupación por mí o, mejor, de tu ocupación.
Porque la verdad es que vos te ocupás de mí, de mis cosas, de los más pequeños detalles, de mis necesidades y mis más íntimos anhelos.
Ninguno de mis deseos te es oculto, como no lo son tampoco mis pensamientos. Aún cuando la tormenta arrecia y no se vislumbra nada más que olas oscuras, tu presencia es el faro que enseña la ruta segura para llegar al puerto.
Vos te acordás de mí, tal como esa vez te acordaste de Noé que flotaba en medio de la nada, apenas aferrado a una cáscara de nuez, confiando en tu promesa.
Vaya fe.
El confiaba en vos.
Te creyó a pesar de las burlas, el desprecio y la descabellada idea de construir un barco en medio del desierto.
Como quisiera tener esa misma fe, para aferrarme a tus promesas aunque no vea nada...

04 noviembre, 2007

¿Me salvarás?

“Muestra tus maravillosas misericordias, tú que salvas a los que se refugian a tu diestra...”
Salmos 17:7

¿Me salvarás?
¿Me salvarás de mi pereza, de mi tendencia a la depresión y al desánimo?
¿Me salvarás del temor, de la autocrítica destructiva, del perfeccionismo paralizante?
¿Me salvarás de mi temperamento, de mis ataques de furia y mis sentimientos de culpa?
¿Podrás hacerlo? ¿Podrás sacar algo bueno de aquí, aún a pesar de mí misma?
Para vos no hay nada imposible. Lo sé. Nada...
Nada se puede oponer a que se cumpla tu propósito, y vos tenés uno conmigo.
Empezaste la buena obra y la terminarás.
Estoy en camino, estoy siendo procesada y cambiada, modelada a tu imagen, poco a poco.
Sí, me salvarás.
Ya lo hiciste cuando te di lugar en mi corazón. Entonces comenzó el proceso, fuiste ganando terreno, enamorándome... Y ahora mi corazón te pertenece. Todas, todas las cosas viejas que me ataban pasaron, se fueron, no están más. Fueron hechas nuevas, por tu Espíritu.
Porque sólo tu poder puede impulsarme más allá de la flojera y el cansancio.
Sólo vos podés cambiar la depresión y el desánimo en esperanza y fe.
Solamente vos, el perfecto amor, podés erradicar para siempre el temor.
Únicamente vos podés enseñarme a verme a través de tus ojos, a través de tu sangre.
Sólo vos podés lograr que me reconozca con el valor que me otorgaste cuando diste tu vida por mí.
Nadie más que vos puede equilibrar mis emociones, fortalecer mis debilidades y suavizar mis asperezas.
Solamente vos podés perdonarme y hacer que reconozca ese perdón...
Y que perdone...
Y que me perdone.
Si, vos me salvarás..., me salvaste..., me salvás... Cada día...
Mi Salvador.