15 febrero, 2007

Encuentros cercanos de algún tipo

Si algo recuerdo de mi adolescencia son esas magníficas pizzas. De vez en cuando, alguna noche, se decidía una salida en familia y, por supuesto, el programa obligado las incluía necesariamente después del cine.

Siempre íbamos al mismo lugar, una pizzería medio escondida en un barrio, pero que había ganado merecida fama. No era un lugar de lujo. Una heterogénea variedad de mesas de todas las formas, tamaños y colores imaginables, sillas con asiento de paja, piso de ladrillos y, a falta de platos, ese papel blanco “de almacén” cortado en cuadraditos a modo de servilletas para sostener cada porción. Así y todo rara vez se conseguía una mesa libre y por lo general siempre había gente esperando que se fueran desocupando.

Una noche pasamos por allí y milagrosamente conseguimos lugar en una de esas mesas redondas de fórmica, familiares. Al poco rato aquello era una multitud, varios esperaban en el auto estacionado afuera y, de vez en cuando, se asomaban para ver si alguno de los comensales se aprontaba para irse.

Estábamos ya felizmente ubicados y esperando nuestro pedido cuando un hombre se acercó a preguntar si nos molestaría compartir la mesa ya que quedaba suficiente espacio libre. Ante la respuesta afirmativa de mi papá, fue a buscar a su familia y así fue como se convirtieron en nuestros circunstanciales acompañantes. En el transcurso de la cena, charla va, charla viene, surgió el tema de dónde vivía cada uno y, ¡oh sorpresa!, resultaron ser del mismo barrio, la misma calle, el mismo edificio, dos o tres departamentos de por medio... ¡Nunca los habíamos visto! Y ya hacía un año que vivíamos allí...

Esta historia, aún cuando no pase de ser una anécdota, sirve para marcar lo que parecería ser una tendencia al aislamiento y al anonimato que va en constante aumento. Atenazados por el miedo ante la inseguridad de las grandes ciudades, prolijamente encerrados detrás de nuestras puertas blindadas, nuestras rejas y nuestras alarmas, nos vamos haciendo más y más desconocidos y solitarios.

También el ritmo que nos impone nuestra vida moderna consigue en gran medida que relaciones entre vecinos que antes se consideraban normales, cada vez sean más raras y esporádicas. Nuestros hábitos y costumbres se fueron modificando con el correr del tiempo: tomar el fresquito en el jardín o en la vereda después de cenar, lo cual obligaba a algún tipo de contacto con el prójimo, ha sido reemplazado por la cómoda privacidad del sofá frente al tele, aire acondicionado y alguna bebida mediante, listos para llevar a cabo el anónimo ejercicio del zapping.

Aún cuando en algunos barrios se conservan esos hábitos vecinales, lo cierto es que a medida que nos acercamos al centro, esas relaciones se vuelven más y más difíciles. El tema de los edificios, las medidas extremas de seguridad, el temor generalizado ante la delincuencia, todo eso es real. Pero, hay algo que es llamativo y es que, aún en condiciones mucho más óptimas, el aislamiento y la soledad están en alarmante aumento. Es como si la gente estuviera encerrada en una burbuja, completamente ajena a lo que pasa a su alrededor.

Realmente habría que preguntarse el porqué. ¿Será por temor a entablar una relación? ¿Miedo a involucrarse? ¿Desconfianza? ¿Egoísmo? ¿Indiferencia? Sin duda todos estos son “ladrillos” muy difíciles de sacar, construyen murallas que aprisionan el alma, ensombrecen los sentimientos y opacan la vida. Hacen una barrera infranqueable que apaga las risas, impide las historias compartidas, nos priva de compañía y posibles amistades cultivadas al calor de unos mates a la hora de la siesta.

No es fácil, claro que no. Si a veces nos cuesta encontrar el tiempo para nuestra propia familia en medio del trajín cotidiano, cuanto más para entablar una comunicación más fluida con nuestros vecinos. Pero es necesario, aún cuando la convivencia sea difícil, aún cuando surjan roces, es parte también de la vida y serán superables con un poco de sentido común y buena voluntad.

Alguien dijo que el hombre es un animal social que no puede permanecer aislado porque la soledad lo lastima, lo hiere, lo enferma y lo debilita. Y esta debilidad no pasa sólo por lo físico ya que, como reza el dicho... “la unión hace la fuerza”. Todos tenemos problemas, es cierto, pero serán mucho más llevaderos si no permanecemos solitarios.

La tecnología puede brindarnos el programa interactivo más avanzado, pero ni de lejos se compara con un abrazo, una palabra o un oído dispuesto a escucharnos.

No es imposible, seguro que no, y sería bueno que todos empezáramos a intentarlo. Sólo hay que querer hacerlo. El famoso muro de Berlín no se cayó sólo, fue necesario que de ambos lados hubiera voluntades dispuestas a tirarlo abajo.

Igual es con nuestras propias murallas, mientras queramos que permanezcan levantadas, seguirán allí. Cuando comprendamos que podemos vivir mejor sin ellas, entonces iremos quitando, poco a poco, un ladrillo a la vez.

Ayer fue San Valentín

Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero. Juan 21:17

Es lindo cuando escuchamos que alguien a quien amamos nos dice que nos quiere. Por más que estemos seguros de su amor, por más que sea algo que se da por sentado. Es lindo oírlo decir. Es lindo que venga, nos abrace y nos diga que nos quiere, que nos ama, que nos necesita. Por más que ya lo sepamos, aún si lo supiéramos todo, como Jesús.

Él lo sabe todo, él ve lo más profundo del corazón, donde no se le puede mentir y todo está expuesto a su mirada. Él sabe aún aquello para lo cual no encontramos palabras. Pero, aún así, él quiere escucharlo decir. Él espera escuchar nuestra voz diciéndole: te amo, te quiero, te necesito. Y, lamentablemente, muchas veces se queda esperando.

Muchas veces nos acercamos a él con una larga lista de pedidos, con escaso tiempo y demasiadas urgencias. Entonces olvidamos lo importante. Nos olvidamos de adorarlo. Nos olvidamos de decirle al oído: te quiero. Olvidamos expresar claramente que nuestro amor va más allá del resultado de nuestras peticiones. Olvidamos que amarlo debe estar antes que cualquier demanda. Porque tener esos tiempos de amor con él es la única forma de ser uno en espíritu; la ocasión para que nuestro espíritu y el suyo se toquen y se detenga el tiempo en medio de la eternidad.

22 diciembre, 2006

El nuevo comienzo


En el principio se dictó la sentencia: “…su descendencia te aplastará la cabeza”. El plan está trazado, la promesa de Dios es lanzada como una flecha hacia delante en el tiempo atravesando las edades. Cruza rauda a través de las generaciones, sin desviarse, segura hacia la meta. Muchos siglos e innumerables luchas ocurrirán antes que esta profecía se cumpla. En el transcurso del tiempo pueblos y civilizaciones enteras nacerán, florecerán y morirán, desapareciendo sin dejar rastro. Hombres y mujeres jugarán, tal vez sin saberlo, su papel en ese plan eterno que se está desarrollando.
Noé construirá el arca bajo un sol que raja la tierra, a kilómetros del mar más cercano.
Abraham saldrá de su tienda al frío aire de la noche y mirará hacia el cielo, tratando de contar las estrellas.
Jacob terminará cojeando, pero eso no tendrá importancia, se habrá confirmado la promesa.
Moisés, desde la cumbre del Nebo, contemplará la tierra que no pisará.
En los campos de Booz una muchacha recogerá espigas durante la cosecha.
David soñará con el templo.
Salomón lo levantará piedra sobre piedra.
Cientos de miles de vidas se entrelazarán desarrollando la historia.
El plan sigue adelante, imparable, aún cuando el enemigo hará todo lo posible por detenerlo. Se sabe vencido y está desesperado. Sabe que ocurrirá tarde o temprano. Pero no sabe dónde, ni cuando… Pero la flecha no se detiene, tiene un lugar y un tiempo ya fijado, y el que la lanzó no es de aquellos que suelen errar el blanco. Se está acercando…
Allá abajo se puede ver un pueblito pequeño del que nadie hubiera esperado que saliese algo bueno. En un humilde pesebre una joven mujer acuna a su hijo y guarda en su corazón todo aquello que el cielo le ha revelado. La gloria de Dios se derrama sobre ese Rey que se humilló y dejó todo para hacerse humano, y un coro de ángeles anuncia con voz de triunfo que el postrer Adán ya ha llegado.
Para los que lo ignoran y aún lo desprecian, no es más que un niño entre millones. Pero para los que lo esperaban es la confirmación de que la profecía se está cumpliendo como fue anunciada. Ya está aquí. Aquel a quien no pueden contener los cielos, en el cuerpito tibio de un recién nacido, el primogénito entre muchos hermanos. ¿Es éste el fin de la historia? No, es el nuevo comienzo, el cumplimiento de la promesa recién ha comenzado…