
En la mayoría de las representaciones que he podido ver te pintan con manos finas, blancas, delicadas, hasta podría decir frágiles. Yo no me las imagino así. No. Imagino que tus manos fueron grandes y fuertes, curtidas, acostumbradas al trabajo duro, a la garlopa y al martillo. Manos encallecidas, ásperas de tanto suavizar la madera, con las marcas de las astillas antes que las de los clavos…
Ese detalle me hace pensar en cuán cercano te hiciste a nosotros. Dejaste el cielo y te hiciste de carne y hueso; y trabajaste, y te habrás martillado los dedos, y quizás hasta te dolió la espalda al final de la jornada. Y, como muchos otros, vos también sufriste la injusticia.
Esto me hace comprender cuánto estás interesado en mi vida, hasta qué punto sos capaz de entender el cansancio, la fatiga, la frustración, el dolor del cuerpo (y también del alma).
Y sé, además, que tu corazón se duele al ver lo que logramos por empeñarnos en hacer las cosas a nuestra manera y no a la tuya.
Y me consuela saber que, cuando en este mundo globalizado y neoliberal la persona pierde cada vez más su identidad y se convierte en un número, un instrumento descartable, un engranaje sin valor trascendente, sin vida propia y sin identidad…, vos todavía me llamás por mi nombre.