
Esa sola palabra era el desencadenante de los sueños. ¿Quién puede enumerarlos? A lo largo de los meses se fueron entretejiendo, creciendo, sumando ilusiones, esperanzas, anhelos y también incertidumbres. Hasta que por fin llegó el día y una personita nueva vino a reclamar su lugar en este mundo. Y así vez tras vez. No por repetida menos sentida, menos vivida. Siempre con su carga de esperanza, multiplicando sueños. Una, y otra, y otra vez. Tres varones. Athos, Portos y Aramis... cabalgando por la vida sobre el palo de una escoba.
En el camino quedaron algunas batitas y escarpines rosados tejidos por las bisabuelas y unos nombres que podrían haber sido, pero no... Estos tres pequeños indígenas se instalaron definitivamente en el corazón de todos, aún de aquellos que empecinadamente clamaban por “la nena”. Muchas veces me han preguntado si lamento no haber tenido una y definitivamente mi respuesta es no. Incluso no sabría qué hacer. Mi última experiencia tratando de hacerle las “colitas” a la hija de una amiga me ha demostrado que soy absolutamente inútil en esos menesteres. A lo largo de los años he tenido que aprender sobre fútbol, equipos y reglamentos. Un poco acerca de automovilismo no viene mal. Viajes espaciales, bicicletas. Partidos de básquet, figuritas. Las bolitas, los autitos. En casa no hay lugar para las Barbie, los vestiditos ni los jueguitos de cocina. Es otro mundo, un mundo de varones, en medio del cual me hacen sentir como una reina.
Hay días en que me pregunto cómo se vería mi casa sin esos muchachotes. Pienso que, tal vez, la azucarera no estaría tan abollada por los embates del baterista de la familia. Probablemente podría caminar por la habitación sin tener que esquivar zapatillas, medias usadas y hechas un rollito, shorts, remeras y otras prendas... Todo esto matizado por baquetas, cassettes, figuritas, rastis, palitos, piedritas, libros, revistas y todo otro adminículo imaginable. Quizás el Everest que tengo para planchar se reduciría un poco de tamaño. Seguramente la heladera no quedaría como si por ella hubiesen pasado Atila y los hunos. ¡Hasta encontraría mis elementos de manicuría en su lugar y no en la caja de aeromodelismo! Es más... ¡recuperaría mis cassettes, mis libros y mis revistas! ¡Oh, Dios, nadie usaría mis medias, ni mis remeras, ni mis buzos! Mis pobres costillas quedarían a salvo de efusivos “abrazos del oso” (últimamente han crecido tanto... quizás un curso acelerado de defensa personal me sería útil a la hora de disciplinarlos). Ya no habría tropillas subiendo y bajando por la escalera, ni música a todo volumen, ni toda clase de objetos golpeteando rítmicamente sobre todo lo que suena, ni concursos de quién salta más y toca el techo, ni pelotas picando, ni “aromas a tercer tiempo”... Sí, tal vez sería así. Pero no me atrae la idea porque de algo estoy más que segura, la casa estaría muy vacía. Enormemente vacía. Intolerablemente silenciosa y vacía.
Ineludiblemente ese tiempo llegará. Un día crecerán lo suficiente para dejar el nido. Y es bueno y es normal. Pero mientras tanto quiero disfrutarlos. Quiero aprender a afrontar los roces y dificultades de la convivencia aceitándola con el mejor ingrediente para evitar las fricciones: el amor. Porque los amo y es toda una aventura. La aventura de ser mamá. Y esto vale para las que tenemos varones, o nenas, o ambos. Y vale tanto para las que somos mamás “de la panza” como para las mamás “del corazón”. Es la aventura de ir estableciendo en ellos el fundamento de lo que van a ser sus vidas en el futuro. Un desafío y una responsabilidad, pero también una fuente inagotable de satisfacciones, aún a pesar de las dificultades. Hay alegrías y emociones que sólo un hijo nos puede dar. Son pequeñas cosas tal vez, pero irrepetibles y únicas. Todas ellas van tejiendo una historia que quedará grabada en nuestro corazón para siempre. Es cierto que hay inconvenientes, hay dificultades e incomodidades, dan trabajo, pero bien vale la pena el esfuerzo. Lo que estamos haciendo como mamás, va muchísimo más allá de la rutina diaria, del cansancio y la fatiga. Es un trabajo importante, trascendente, significa ser uno de los pilares sobre los que se construye la plataforma de despegue de nuestros hijos. ¡Animo! Muchas veces lloraremos por ellos, pero hay una promesa de Dios que dice que los que siembran con lágrimas recogerán con alegría. Esa promesa es para nosotras. Disfrutemos cada día la bendición que son nuestros hijos. Definitivamente, ser mamá es una hermosa aventura.
(Escrito en Octubre de 1998)